con 5 años ya le corría mano a los maniquíes de mujeres siendo chico, en las tiendas, prefería con mucho a las trajeadas. una vez viví un susto que recuerdo muy bien en el tricot: vi un maniquí de mujer... era ancho, no era como lo otros. era imponente, no era sólo más alto que yo (pa un niño todos los adultos son gigantes), era gigante para arriba y voluptuoso en sus demás dimensiones. estaba tan quieto, tan accesible, el traje de oficina parecía que estallaría, sin capacidad para contener la figura que protegía. recuerdo la tirantez de la tela de la camisa cerca de los ojales, y cómo esa tirantez se incrementaba hipnóticamente mientras mi vista iba descendiendo hacia el busto, generosamente envuelto en el lino de la camisa y también generosamente ofrecido a la vista por el escote de corte en "V" del blazer/bestón que llevaba encima. los botones de dicho blazer no llegaban a cerrar lo suficiente cuando mi vista continuaba descendiendo por dicha línea frontal, al punto que podía apreciarse la zona donde comenzaba la falda de tubo bien ajustada a la figura, por encima del ombligo. ni su incipiente pancita ni sus muslos quedaban a la imaginación. su rectitud imponía un respeto no sólo por ser gigante sino por la rectitud misma. su busto no me permitía ver su rostro, así de abundante.
era como el ídolo de las cícladas grueso y sinuoso (leyeron el cuento? háganse el favor de leerlo), me hipnotizaba, me consumía una curiosidad jamás antes experimentada, y era sólo yo frente al maniquí en un de los tantos pasillos del tricot donde estaba esperando que la cachera se probara ropa o zapatos (vaya tiempos). nadie cerca, nadie a quien le importara, el olor de la ropa nueva, el poliester y la naftalina, al cuero, al betún de los zapatos, el ruido de la gente y la registradora, el del tráfico y los chillidos de otros pendejos.... todo eso pasó a segundo plano, absorto en dicha figura tan diferente del resto de los muñecos, grande, ancha, voluptuosa, gigante. mi mente tan tierna no era capaz de comprender la sensación que experimentaba. algo tenía este maniquí que era diferente a los otros a los que le corría mano y aquello sobrepasó mi mente y mis sentidos. ¿por qué no simplemente lo toqué y listo como los otros? no era gran cosa pero sin entender el por qué, dudé, contemplé, devoré con los ojos, cada detalle, cada tirantez de la tela, cada abrumadora dimensión y contorno que para mí era inconmesurable, amplio y basto. me picaban las manos, sudé, se me aceleró el pulso... sentía que esa intensa curiosidad no podía ser algo bueno o permitido, pero no había nadie cerca, nadie a quien le importara y me preparé para acercarme.
sí, NECESITABA TOCARLA, QUERÍA MANOSEARLA, DEMASIADO. su busto era obscenamente hipnótico, imposible sacarle los ojos de encima a esos botones que luchaban por no descocerse de la camisa, así que quise partir por ahí. pero era muy chico así que no llegaba, no me daba ni la altura ni el largo de mis brazos. así que me acerqué mucho a su abdomen y me puse en punta de pies.